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Friday, November 14, 2025

 

          El destino cósmico de lo idéntico.



Blanqui inicia La eternidad a través de los astros con una hipótesis astronómica: el espacio es infinito mientras que las combinaciones posibles de materia son finitas; de ahí que las mismas configuraciones deban repetirse indefinidamente para llenar este espacio infinito.

A través de esta premisa, Blanqui nos guía hasta aterrizar en nuestro planeta, debiendo concluir la existencia de planetas idénticos a la tierra, con versiones idénticas de la humanidad, tanto de su historia, de su presente y de su futuro, condenadas al igual que nuestro sol y los miles de millones de estrellas existentes: a nacer y morir, una y otra vez.

Pero también nos habla de la posibilidad de que estos planetas aunque idénticos puedan presentar pequeñas variaciones derivado de la bifurcación de decisiones “No nos olvidemos que todo lo que habría podido ser aquí abajo, se es en alguna otra parte“.

Por lo que la repetición infinita no es una cancelación de la libertad de elección ni forma parte de lo que parece un mito trágico que único nos detiene en un ciclo infinito de la miseria que podríamos estar experimentando en este mundo, en este punto específico del tiempo.

La repetición blanquiana no es fatalismo: es un espejo cósmico que revela que la humanidad tiende a producir las mismas tragedias cuando no interviene deliberadamente sobre su propia historia.

Por tanto si el cosmos repite mundos injustos infinitamente, entonces es nuestro deber moral cortar la cadena en al menos uno de ellos: el nuestro.

Este mundo importa porque en él sí tenemos elección Blanqui propone una especie de solidaridad cósmica: “somos responsables de los que fuimos, somos y seremos”.

Blanqui,L. A. (2000). La eternidad a través de los astros.Siglo XXI Editores.


 

Bohemia y política en el siglo XIX

 

Bohemia y política en el siglo XIX: entre la melancolía y la revolución

En el siglo XIX surgió una forma de vida que transformó la relación entre arte, política y rebeldía: la bohemia. Más que un estilo estético, la bohemia fue una manera de situarse frente al mundo, un modo de vivir la crítica desde la existencia cotidiana.

Escritores, pintores, tipógrafos, músicos y periodistas ocupaban los márgenes de la sociedad burguesa: habitaciones estrechas, cafés llenos de humo, bulevares nocturnos y barrios donde la precariedad convivía con la creatividad. Rechazaban las exigencias de productividad, las normas morales rígidas y el ideal burgués de respetabilidad. Su rebeldía no era sólo un gesto individual, sino una actitud política que cuestionaba la naciente racionalidad capitalista.

La bohemia se convirtió así en un puente entre el romanticismo —con su exaltación del yo, el sentimiento y la libertad— y los primeros movimientos socialistas del siglo XIX, que buscaban transformar radicalmente la sociedad industrial. Desde sus tertulias y publicaciones artesanales, los bohemios desarrollaron una crítica viva contra la explotación, la desigualdad y el autoritarismo estatal. Como señala Enzo Traverso, la bohemia combina “la embriaguez y la pena que da forma a la historia de la bohemia revolucionaria”. En esa mezcla contradictoria de fiesta y tristeza, de esperanza y derrota, se encuentra la semilla de una sensibilidad política marcada por la melancolía: la conciencia de que el mundo debe cambiar, y de que cambiarlo es más difícil de lo que prometían las utopías.

Esta misma melancolía atraviesa la obra de Louis-Auguste Blanqui, uno de los revolucionarios más emblemáticos del siglo XIX, quien pasó casi treinta años en prisión por su activismo político.

Es desde una celda donde escribe La eternidad a través de los astros, un texto inesperado por su carácter cósmico pero profundamente enraizado en la experiencia de la derrota. Allí imagina un universo infinito compuesto por una cantidad ilimitada de mundos que repiten nuestra historia una y otra vez. Blanqui escribe: “Esto que escribo en una celda… lo he escrito y lo escribiré durante la eternidad”. Esta repetición infinita funciona como metáfora del destino de las luchas revolucionarias del siglo: esfuerzos incansables que reaparecen, derrotas que regresan, esperanzas que se reavivan a pesar de todo.

Aunque los bohemios y Blanqui vivieron realidades distintas, sus pensamientos convergen en varios puntos. Ambos habitaron los márgenes: los bohemios desde la precariedad creativa, Blanqui desde la prisión y la clandestinidad. Ambos sostuvieron una crítica radical al orden burgués, ya fuera desde el arte y la vida cotidiana o desde la acción política directa. Y ambos elaboraron una forma de imaginación crítica sostenida por la melancolía: no la melancolía paralizante, sino aquella que obliga a pensar alternativas frente a un mundo injusto, aquella que mantiene vivas las preguntas cuando los sistemas han fallado.

La bohemia y Blanqui muestran que la política del siglo XIX no se reduce a los grandes manifiestos ni a las barricadas heroicas. También se expresa en la sensibilidad, en la vida interior, en las emociones que acompañan a quienes deciden vivir de otro modo. Sus mundos —a veces sombreados, a veces luminosos— siguen recordándonos que la rebeldía no muere, sino que cambia de forma. Que incluso cuando las utopías se pierden, queda la imaginación como espacio político desde donde resistir y reinventar el mundo.



·  Blanqui, Louis-Auguste. La eternidad a través de los astros. Contraediciones.

·  Traverso, Enzo. Melancolía de izquierda. Después de las utopías. Galaxia Gutenberg, 2019.




 



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