¡Matemos
a los pobres!
El pobre
como dispositivo filosófico y no como sujeto real.
En el breve texto “¡Matemos a los pobres!” de
Charles Baudelaire se despliega una crítica feroz a las filosofías y discursos dominantes
del siglo XIX sobre la pobreza, el progreso y la filantropía, puesto que lejos
de presentar al pobre como un individuo concreto con historia, subjetividad o
dignidad propia, Baudelaire lo convierte en una figura simbólica, cuya función
no es representar una realidad social, sino exponer las contradicciones
internas de las teorías modernas sobre la igualdad y la moralidad. El pobre se
convierte así en un dispositivo
filosófico, un instrumento narrativo que permite desnudar la violencia
oculta bajo la retórica de la razón, la compasión burguesa y el optimismo
progresista.
El poema inicia con una confesión irónica: el
narrador ha pasado días leyendo libros que prometen la felicidad universal, la
regeneración del pueblo y la moralización de las masas en un lapso de 24 horas.
Se refiere explícitamente a los tratados filantrópicos y utópicos que
proliferaban en el siglo XIX, escritos tanto desde el liberalismo como desde el
socialismo romántico, estos textos que pretendían convertir la pobreza en un
problema técnico o moral, ofrecían soluciones simplistas basadas en la
educación, la disciplina, la virtud o la obediencia. Baudelaire, sin embargo,
presenta estas lecturas como veneno: “malas lecturas” que producen vértigo,
estupidez y una sed de aire libre, de este modo, el poeta deja claro que el
ideal progresista no solo es ingenuo, sino profundamente opresivo. La felicidad
del pueblo es un proyecto que, bajo su aparente bondad, oculta una voluntad de
control.
La figura del pobre aparece en este contexto como
un objeto pasivo. El mendigo que
extiende la mano es el punto de partida para el experimento moral que el
narrador quien, guiado por un “Ángel bueno” o “Demonio bueno”, decide emprender
la demostración de una teoría. El daimon de Baudelaire parodia al demonio
socrático: no advierte ni prohíbe, sino que incita a la acción violenta, esta
inversión revela un punto crucial: la razón ilustrada y moralista que dice
querer elevar al pobre es, en realidad, una razón agresiva, capaz de justificar
cualquier acto bajo la retórica de la libertad, la igualdad o el progreso. Lo
que el narrador pone en práctica no es una teoría social, sino la lógica
latente en esas teorías: la idea de que el pobre debe ser “transformado”, aun
en contra de su voluntad:
“Sólo
es igual a otro quien lo demuestra, y sólo es digno de libertad quien sabe
conquistarla”
La paliza que el narrador le propina al mendigo
constituye el núcleo conceptual del poema, es un acto brutal, injustificado y
deliberado, pero su función no es realista: Baudelaire no describe la violencia
para provocar compasión, sino para desnudar su rol dentro de los discursos
filantrópicos. En su experimento, el pobre solo se vuelve “igual” cuando
responde con violencia, cuando deja de ser dócil. El poeta muestra así la gran
paradoja del discurso de la igualdad en la modernidad: la igualdad no surge de
la moral ni del progreso, sino del conflicto. La reacción del mendigo cuando se
levanta, golpea, insulta y cobra fuerza pone al descubierto que el pobre, para
la mentalidad burguesa del XIX, no es un igual mientras permanece en estado de
súplica, lo es únicamente cuando encarna la misma capacidad de daño que su
agresor.
Baudelaire convierte entonces al pobre en un dispositivo
filosófico: no importa quién sea, cómo vive o qué sufre; importa lo que su
figura permite revelar. El mendigo funciona como espejo deformante de la
conciencia del narrador, pero también como catalizador que expone la hipocresía
de la filantropía burguesa. En lugar de ser un sujeto ético, es un recurso
retórico para criticar los fundamentos del humanitarismo del siglo XIX. El
texto ridiculiza la idea de que la pobreza pueda resolverse con caridad,
educación o fórmulas morales. La escena extrema evidencia que, detrás del gesto
de ayudar, se esconde una relación de poder: se ayuda desde arriba, desde la
superioridad, desde la convicción de ser quien “sabe” cómo debe actuar el otro.
Al final, cuando el narrador ofrece compartir su
bolsa y exhorta al mendigo a aplicar la misma “teoría” a sus compañeros,
Baudelaire remata su ironía. La violencia es presentada como un método
pedagógico, una forma de devolver al pobre su dignidad. Esta resolución revela
el carácter trágico y grotesco del pensamiento moderno: pretende liberar
mediante la imposición, elevar mediante la humillación, igualar mediante el
golpe. Baudelaire muestra que la violencia no es un accidente en las teorías
del progreso, sino su fundamento oculto.
¡Matemos a los pobres! es, así, una crítica demoledora
a las filosofías del siglo XIX que imaginaron la pobreza como un problema moral
individual y no como una estructura social. En este relato cruel, el pobre no
tiene voz porque su realidad no le interesa a la modernidad. Tras la máscara
del mendigo, lo que Baudelaire revela es la lógica profunda de su época: una
modernidad que se proclama humanista, pero que necesita producir, controlar y
disciplinar la figura del pobre para afirmarse. El poema nos obliga, por tanto,
a mirar la pobreza no como un sujeto que debe ser corregido, sino como un
espejo donde se refleja la violencia simbólica, moral y política que sostiene
las promesas del progreso.
Baudelaire, C. (2017). ¡Matemos a los pobres! En El spleen de París. Pequeños poemas en prosa (pp. 145–147). Alianza Editorial.